sábado, 29 de noviembre de 2008

Tripas, Sangre y Hedor en invierno

Asegurándome el puesto vacante, volvía a casa con el sudor aún en la frente. Aún fresco. Aún en forma de pequeñas gotas que hacían que pudiese sentir los poros de mi frente aún abiertos. Tanto nerviosismo hizo que la entrevista fuese bastante incómoda.

A las ocho de la tarde no esperaba cruzarme con tanta gente. No es que me cruzase con gente conocida. Sino que el tránsito de la misma calle era más bullicioso de lo normal. También era verdad que el invierno hacía que la gente saliese más a las cafeteías y chocolaterías a calentar sus estómagos.

Al abrir la casa-puerta del edificio, parecía que el frío empezaba a dejar de colarse entre los pequeños huecos que dejaba la lana entre estocada y estocaca de mis guantes. Pero no esque parase el frío. Mis dedos empezaban a helarse. Un frío que me recorría hasta la mitad de la espalda, y que también me tocaba en la nuca.

Aún dentro del edificio, aquella molesta y fina brisa hibernal, se colaba y movía el ambiente, cargado de frío de un lado a otro. Subir las escaleras, al menos, hacía que se calentasen un poco mis rodillas casi atrofiadas. A medida que iba subiendo, un desagradable hedor, iba aumentando.
No parecía que fuese gas. Tampoco coliflores. Y mucho menos aquello eran heces. Era algo parecido al olor que deja la carne que se queda descongelada. Intenté huir hacia arriba, pero el olor aumentaba con cada escalón que subía. Era el típico olor que hace que sientas como la comida que ya ha sido digerida, vuelve a compactarse en tu estómago y a subir rápidamente por tu esófago. Pude aguantar echar la pota al tragar el maldito regurgimiento, y subir varios peldaños mas, hasta llegar al centro de aquel maldito y asqueroso olor. La puerta de la vecina de abajo estaba abierta.
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Si había algo que me resultaba aterrador, era esa vecina. El hecho de poner mi chaquetón y mi braga de cuello, tapando mi nariz y mi boca, no hacían menos desagradable el ambiente. Aquel olor había penetrado el tejido. Llamé al vecino de la puerta de enfrente de la vecina. Pero no hubo respuesta. Sinceramente, no me atrevía a entrar en aquella maldita casa. Desde mi infancia había vivido en la casa de arriba, y aquella vieja siempre conseguía que mis peores pesadillas saliesen a la luz. O tal vez que la luz que ella emanaba se convirtiese en mi pesadilla.

En el piso de abajo me abrió por fín Salomona. Comentó el olor a pútrido del edificio. Por lo que me contaba, hacía varios días que ya olía así, pero no se le había ocurrido subir a "cotillear" de donde podía provenir aquel maldito olor casi masticable. Llamamos a la policía, ya que no nos atrevíamos a subir para mirar.

Al cabo de media treinta y tres minutos, llamaron al telefonillo. La policía habia llegado. Salomona le abrió la puerta del edificio. Se escucharon sus pasos subir, y ambos nos asomamos. Dimos tres pasos para oir y ver lo que ocurría en la entrada de la casa. Solo pudimos escuchar "Oh! Mierda!¿Cuanto tiempo llevará eso ahí muerto?" Muerto. ¿MUERTO? ¿La anciana murió? ¿Acaso no era suficiente pesadilla tenerla en vida, sino que también habría que aguantar su pesadilla aún muerta?

Uno de los policías, el único con bigote, bajó hasta el piso donde nos encontrábamos Salomona y yo. El hombre se acercó a nosotros y nos dijo que no tuviéramos problema, que "aquello estaría limpio en unas horas". No parecía estar alterado por ver a una mujer mayor muerta. Nos contó que las tripas estaban por todo el salón de la casa, y que las paredes estaban asquerosas de sangre y órganos descompuestos. Eso hizo que en medio de plena discusión, la comida que redigerí mientras subía el pasillo, emanase de mi boca dejándome aún peor sabor de boca, de sentimiento de culpa por pensar mal de aquella anciana, y sobre todo por mis pesadillas.

Eso sí. si hay algo que hizo cómica toda esta historia, era la cara de desigualdad del policía. Cosa que nos hizo pensar que aquel hombre veía cosas de ese tipo todos los días. Eso, o que el policía era muy frío. El resto de policías salieron edificio abajo riendo y gastandose bromas entre ellos, alguno que otro, pasaba con cara de no tener acción en su vida.

Antes de irse aquel policía, nos dijo que en un rato, llegaría un grupo de limpiadores a la casa. "¿y la vieja?" Preguntó Salomona. "¿La vieja?, está dormida en su habitación. Nos ha dicho que ella hacía con el pescado lo que le daba la gana. En seguida llegarán las limpiadoras a limpiar ese desastre. Jaj! Maldita sea...Mi madre si que pela bien los boquerones."




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