lunes, 2 de junio de 2008

Frente al mausoleo

La penumbra se hacía frente al mausoleo dedicado a la memoria perdida de aquel señor, cuya estatua se alzaba ante el resto de cruces, ángeles y flores de colores cálidos, mientras se atusaba el pelo que hacía años que no parecía variar ni un solo milímetro. Introdujo su mano en el bolsillo del chaquetón que le habían regalado en su cincuenta y cinco cumpleaños. Sacó un mechero con las siglas T. H. y encendió el cigarro, que anteriormente se había quitado de la oreja, y que ahora se había llevado a la boca. Inhaló el humo del cigarro sintiendo que en sus ojos entraba el humo que salía de la punta incandescente del mismo. Cogió el cigarro con el índice y el pulgar. Volvió a leer el nombre del caballero del mausoleo. Exhaló el humo.


Tomás siempre había sido un hombre al que le preocupaba lo que pudiera ocurrir fuera de su trabajo y dentro de su hogar. Aunque a decir verdad, a veces no sabía distinguir su hogar de su trabajo. El hecho de que pronto fuese a darle trabajo a sus colegas no le hacía ninguna gracia. A veces se preguntaba si sería incinerado, si encerrarían su cuerpo en una de esas cajas de madera que meten dentro de una caja de frío mármol, o si quizás alguien le quitara su vida y lo enterraría en algún lugar perdido de un bosque para que nunca nadie le encontrase, y si lo encontraban, fuese tarde para saber quién ha sido. Si su forma de morir fuese esa última, se sentiría realizado incluso después de muerto, ya que contribuiría a la ley de la naturaleza, dando vida a otros seres, que de cierta manera, llevarían algo suyo de nuevo a la vida. Así también daba a entender su teoría de la reencarnación. Morir para convertirse en una larva que luego llegaría a ser una bella mariposa que tal vez cambie el mundo por el efecto del nombre del mismo animal. Cuando esta mariposa muriese, formaría a ser parte de las hormigas. El recorrido de Tomás podría ser infinito.


Al terminar su jornada de trabajo nocturna, Tomás siempre encendía un cigarro que había mantenido en la oreja durante varias horas. No había un solo día en el que Tomás comenzara su jornada sin un cigarro en la oreja. Si no tenía al empezar la jornada, siempre podría mandar a uno de los niños que jugueteaban correteando por toda aquella inmensidad de terreno edificado de tanta reencarnación, a comprar un paquete de tabaco. El dinero sobrante de monedas de escaso valor, era la propina para el niño. Tomás recordaba que en su infancia, una propina de ese tipo, parecía un tesoro inmenso. Ahora se preguntaba como se podía ser feliz con tan poca cosa. Mientras que él tenía tantas preocupaciones y responsabilidades.

Tras dejar sus herramientas en el cuartillo de la oficina, se dirigía al servicio para orinar, lavarse las manos, mirar sus manos, y volver a lavárselas. Nunca parecían estar limpias. Al salir del servicio, firmaba el libro de trabajo en el que escribía la fecha, la hora de salida y cierre de la cancela, y hacía un pequeño garabato como firma. No conseguía hacerla igual dos días seguidos, pero todos en el trabajo la reconocían. Era suficiente distinguir la T y la H. entre tanta tinta suelta. Tras cerrar el viejo cuaderno, Tomás dejaba el chaquetón en el respaldo de la silla de oficina. Cogía su mochila. Sacaba una toalla, e iba a ducharse al aseo. Cuando terminaba de secarse, se vestía con una camiseta interior, una camisa de franela y unos pantalones chinos marrones que no le tapaban los tobillos, por lo que siempre mostraba al mundo sus calcetines de ejecutivo, un poco holgados por la delgadez de sus piernas. Éstas no parecían formar parte de su cuerpo. ¿Era su estómago grande? ¿O sus piernas demasiado delgadas?


Los zapatos brillantes de Tomás, parecidos a cucarachas gigantes, sonaban con cada paso que daba sobre la losa de gres de la oficina, como si de zapatos de claqué se trataran, solo que no mantenían un ritmo. Andaba hacia la cancela que hacía que el mundo de reencarnación quedara aparte del exterior. “Algún día asomaran sus consumidas cabezas, e irán a por mí para reclamar mi vieja carne y mi cansado cerebro. Será entonces cuando me reencarne en alguien que se reencarna.” se decía Tomás a sí mismo. Metía la mano en el bolsillo contrario al del mechero plateado, donde tenía un llavero con cinco llaves. No necesitaba ninguna más. Buscaba entre sus gruesos y ásperos dedos, cada vez mas arrugados, la llave mas robusta del llavero y jugueteaba con el resto.



Al otro lado de la cancela, aseguraba aquel silencioso mundo con la robusta llave. Se giraba. Y caminaba hasta la siguiente calle, donde un descolorido Renault 9 plateado, esperaba sudando gotas de frío. Al abrir la puerta del coche, Tomás no se sentaba. Buscaba en la puerta una vieja camiseta rasgada, que hacía de trapo para limpiar la humedad de las lunas del coche. Cada noche le costaba más. Tras limpiar las lunas, Tomás se sentaba en su ya poco cómodo coche. Giraba la llave e intentaba arrancar el coche repetidas veces, hasta que conseguía hacer que el motor rugiera bajo ese frío madrugador, y al fin podría dirigirse a su hogar. Que no al trabajo.


El recorrido a casa se hacía cada vez mas pesado, a pesar de ir sentado. Pero lo reconfortante de llegar a casa y tumbarse en la cama a descansar y sentir que la sangre le viene y va en los pies, hacían sentir vivo a Tomás. Además, ese vaivén le recordaba a las olas del mar. Tomás se olvidaba del mundo exterior, y sobre todo del mundo en silencio que horas antes había cerrado con llave. Tomás se sentía seguro y tranquilo. Al cerrar los ojos, Tomás entraba en una especie de trance, en el que la imaginación podía darle malas pasadas, o le hacía recordar cosas de su juventud. Aunque a veces el rostro de la persona variaba. Una pena que los sueños mas profundos y bellos de nuestra inconsciencia sean a veces los mas cortos. Aunque esta vez para Tomás, sería el sueño más largo y placentero, en el que se reencarnaba poco a poco en mil mariposas que darían de comer a las hormigas.


Esta vez Tomás se reencarnó sumido en su profundo sueño, junto al mausoleo.


Juan Carlos Arniz C. 2008


*Imagen 1: Mausoleo El desastre anual (17-Julio / 9-Agosto de 1921) (+info.)
*Imagen 2: Mausoleo Julián Gayarre. Roncal (+info. )

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