jueves, 1 de enero de 2009

Y me mata poco a poco.

Hacía tiempo no me sentía tan bien. Podía notar la sangre bombeada por el corazón a lo largo de todo el cableado que solía ser mi sistema sanguíneo. La razón podría ser algún tipo de complejidad muy poco compleja y básica: El humo de alrededor me estaba matando. Todo el mundo a mi alrededor fuma día tras día. Notaba mis pulmones encharcados de ese gas dioxidado y malintencionado, colarse por todas las porosidades de mis albeólos pulmonares. Podía sentir el color oscuro que adqurían mis órganos poco a poco. Mi respiración ahora era mas suave y a la vez mas intensa, ya que sólo de pensar que lo que respiro es aire puro, me dan escalofríos que recorren cada bello de mi piel y lo eriza. Cada día levantarse con la nariz taponada era un motivo más para desenvolver mi imaginación maléfica tratando de esculpir un plan antitabaco. Pero ciertamente, cada plan que creaba para acabar con el espesor de los palitos de cáncer, era inútil ante la sed de sequedad bucal y alitosis de mis reconocidos fumadores.
Ya no solo por tí. También por mi.
Publicar un comentario